Todos los días escuchamos de los efectos negativos que causan las acciones o modificaciones que realiza el hombre sobre los como los efectos que trae consigo la emisión de gases invernadero, la quema de combustibles fósiles, la tala indiscriminada de árboles y la acumulación de residuos sólidos entre muchos otros, pero poco hemos oído hablar de la contaminación lumínica, un tipo de contaminación que pasa inadvertida, que no es protagonista en simposios ambientales, proyectos, noticias o tenida en cuenta en la normatividad y legislación de nuestro país, pero que es responsable de la desaparición de cientos de especies de aves, insectos y reptiles anualmente en Colombia.
La contaminación lumínica se convierte así en una asesina gradual y silenciosa que aniquila la fauna de nuestros ecosistemas nativos mientras descansamos tranquilos en la seguridad de nuestros cálidos hogares, para citar unos pocos ejemplos de los miles que podría nombrar en primer lugar se encuentra el caso de las mariposas, donde el 90% son nocturnas y la intrusión de la luz artificial afecta su ritmo circadiano, interfiere en sus rituales reproductivos y causa una de las muertes mas indignas en la naturaleza al estar condenadas a volar de manera aletargada hasta la muerte, hipnotizadas por el fluorescente brillo de las bobillas incandescentes, mismo fin al que se suman miles de insectos de diversas especies. Como segundo ejemplo esta el caso de las tortugas marinas Colombianas como la cabezuda, la de cuero o la golfina que depositan sus huevos en las playas de nuestras costas, allí duran enterrados por un periodo aproximado 45 días hasta que estén listos para eclosionar. Millones de años de evolución llevaron a que este crucial momento se diera bajo la seguridad de la noche ocultándose de sus principales depredadores, adicionalmente como respuesta instintiva las crías recién nacidas se guían al mar atraídas por el resplandor del reflejo de la luna sobre las aguas, pero la ubicación de luces artificiales en nuestras playas hacen que sean presa fácil de aves, y equívocamente no se dirijan al mar sino tierra adentro atraídas por las luces de la ciudad, por ultimo y no menos horrorizante es el caso de las miles de aves que mueren anualmente por desviarse de rutas migratorias a causa del halo luminoso que se produce sobre las grandes urbes, o de manera más trágica las que mueren estrelladas contra casas y edificios por el vislumbramiento que produce nuestra preciada iluminación nocturna. Como estos casos se podrían encontrar infinidad que sumados explicarían la magnitud del daño ocasionado por este tipo de contaminación, sin embargo el peor enemigo de nuestros ecosistemas no es la combustión, la acumulación de basuras o la luz artificial, si no el desconocimiento que hace que situaciones como estas se sigan presentando día tras día en nuestro país, que pasen desapercibidas que no sean temas en plenarias del senado o simplemente no puedan ser una pequeña iniciativa ambientalista de un grupo de humanos más humanos.
